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Harry Styles presenta su nuevo disco 'Fine Line'

Si hay una “buena línea” para superar el estigma de una boyband pop, Harry Styles está en ella.

Con ‘Harry Styles’ dio la impresión de que, de entre sus ex-compañeros de boyband, Harry Styles era el que mejor estaba sabiendo “vender la moto” a un público ajeno a su target objetivo. Un público quizá más cultivado y abierto que, en contraste con la indiferencia hacia los trabajos en solitario de Payne, Horan y Tomlinson, sí quedó fascinado por la magia de ‘Sign of the Times’, asintiendo satisfechos ante los guiños a referentes como David Bowie, Queen o Pink Floyd. El problema de aquel debut es que intentaba demasiado fuerte resultar genuino y respetable, desmarcarse claramente del pop ultraprocesado de One Direction.

Su gira de presentación de ese disco, en cambio, sirvió a Styles para reforzar su confianza en lo que hacía. “Realmente me cambió emocionalmente. Tener gente que venía a cantar las canciones. Para mí la gira fue lo más grande en cuanto a aceptarme mejor a mí mismo, creo. Pensé “¡Oh, wow! ¡Realmente quieren que sea yo mismo!”, decía hace unos días a Rolling Stone. Y sí, si hay algo que se percibe más claramente en ‘Fine Line’, su segundo disco, es que Styles parece liberado, más honesto y confiado, hasta el punto de atreverse a volver a hacer pop.

En ese sentido, el arranque del segundo disco en solitario del británico resulta sorprendentemente arrebatador, demostrando un fantástico equilibrio entre arreglos de rock y soul clásicos y una producción contemporánea. Cabe destacar en esa parcela a Kid Harpoon, acostumbrado a manejar ambos sonidos en sus trabajos para Florence and The Machine o Jessie Ware, el principal responsable de esa parcela a dúo con Tyler Johnson (Taylor Swift) –al margen de aportaciones puntuales de Jeff Bhasker (Lykke Li) y Greg Kurstin– que, claramente, tiene una influencia trascendental en la coherencia que muestra todo el álbum.

De entrada, ’Golden’ irrumpe con la energía folk pop de un coro fantástico –uno de los mayores ganchos del disco– desarrollado entre guiños al sonido Laurel Canyon (mención especial para las cuidadas guitarras de Mitch Rowland, miembro de la banda de Harry en directo). La progresión es deslumbrante, con el sensual número soul ‘Watermelon Sugar’ –una canción por la que Maroon 5 matarían–, y los dos singles que anticipaban ‘Fine Line’: las irresistibles ‘Adore You’ –el tema con un sonido más 2019 de todo el disco– y ‘Lights Up’, de nuevo un gran número de R&B/soul moderno, pre-coro psicodélico incluido, que bien hubiera tenido cabida en ‘Kiwanuka’ o en el último disco de Leon Bridges.

¿Dónde quedan, pues, las referencias a Van Morrison, Joni Mitchell, T. Rex y Paul McCartney que prometía Styles meses atrás? Pues lo cierto es que, aunque bastante diluidas –y esto es intrínsecamente bueno, porque muestra que están bien asimiladas–, emergen sobre todo en la parte final del álbum. Después, eso sí, de un cuerpo central bastante sensiblero, el cenit emocional, por así decirlo, de ‘Fine Line’. Es cuando, en la coqueta mezcla de sonidos acústicos y armonías vocales de ‘Cherry’, Harry habla sobre el error de haber dejado a su ex-pareja Camille Rowe –en su outro, de hecho, se cuela la voz de ella hablando por teléfono en una grabación doméstica–. Mientras que ‘Falling’ es un desgarrado baladón de ruptura en el canon de Adele (no menos emotivo por ser más predecible) desenlazado por el juguetón medio tiempo al guitalele ‘To Be So Lonely’ –básicamente, un patético ejercicio de autocompasión–. En ese momento la impresión sobre ‘Fine Line’ decae. Y no solo porque lo haga su ritmo, sino porque en él Styles no solo se expone emocionalmente sino también artísticamente: su estilo de escritura, tirando a básico, queda más desnudo. “Olvida lo que dije / fue sin querer / y no puedo deshacerlo / No puedo deshacer la maleta que dejaste” es un ejemplo extraido de ‘Falling’.

Pero, sorprendentemente, la cosa remonta gracias a otro medio tiempo, una maravillosa ‘She’ con ecos de Prince y los Pink Floyd de los 70. Y es ahí cuando Styles vuelve a ese punto medio entre clasicismo y frescura del inicio, con ‘Sunflower, Vol.6’. En ella, con la ayuda de Greg Kurstin y unos arreglos setenteros divertidísimos, Styles se muestra desatado y relajado, llevándonos a pensar en unos Vampire Weekend que, precisamente, incluían en ‘Father of the Bride’ una canción con ecos de los 70 titulada así. ¿Algo que declarar? Prosiguen las luminosas ‘Canyon Moon’ –definida por Harry como “Crosby, Stills & Nash puestos de esteroides”– y una uptempo ‘Treat People With Kindness’ –con sus coros femeninos, hace pensar tanto en Rufus Wainwright como en el primer Leonard Cohen… aunque el canadiense nunca fue tan bailable–, llevándonos hasta el final de ‘Fine Line’, donde nos aguarda el tema titular. Una canción bonita pero que, en su intento de llevar la épica hasta sus últimas consecuencias, parece no darse cuenta de lo muchísimo que debe –hasta el sonrojo– al Bon Iver de los dos primeros discos (y, aun peor, émulos melifluos de este como The Lumineers).

En el muy buen tono general del disco, no demasiado original pero sí ejecutado con gusto y el suficiente gancho para mantenernos interesados de cabo a rabo, cabe destacar la voz de Styles: potente y elegante, sobrio o desgarrado cuando toca, sabe transmitir un carisma cercano al que demuestra como estrella del pop –en esa parcela, la ventaja sobre el resto de One Direction sí que se atisba abismal–. ’Fine Line’ deja atrás la bisoñez de su debut y muestra que –es tan obvio que casi me da vergüenza escribirlo– si hay una “buena línea” para superar el estigma de una boyband pop, Harry Styles está en ella.

Calificación: 7,5/10
Lo mejor: ‘Watermelon Sugar’, ‘Adore You’, ‘She’, ‘Lights Up’, ‘Golden’, ‘Sunflower, Vol. 6’
Te gustará si te gustan: Michael Kiwanuka, Leon Bridges, Vampire Weekend y no tienes prejuicios hacia el pop mainstream.